Los peligros de mezclar la masculinidad y los misiles

Publicado en New York Times – 5.01.2018.

 

(Traducción Lourdes Bustos)

 

Por Carol Cohn*. 

 

El presidente Trump hace que el trabajo de una analista de seguridad feminista sea demasiado fácil. No es necesario bromear en forma sutil sobre los subtextos de este hombre.

 

Algo pareció hacer clic para las personas de todo el espectro político esta semana, incluso entre aquellos menos propensos a ver el mundo a través de una lente –la traducción más pertinente o apropiada en el español sería perspectiva –   de género: cuando el Sr. Trump tuiteó: “Yo también tengo un Botón Nuclear, pero es mucho más grande y más poderoso que el suyo, y mi Botón funciona!” el poder nuclear de Kim Jong-un, de Corea del Norte, sonaba mucho como, bueno, una cuestión de medidas genitales.

Triste. ¿Pero significativo? Según la mayoría de los comentaristas, la respuesta constituyó un descarado rechazo del tweet del Sr. Trump como “infantil”, desde ya un acto más impulsivo, impolítico, peligroso y poco diplomático y menos adecuado, por parte de un presidente como ningún otro. Pero no solo creo que el presidente protesta demasiado – va demasiado lejos- con la metáfora de su “Botón Nuclear”, sino que muchos comentaristas siguen sin entender el punto. Esto no es simplemente un espectáculo trivial, aunque embarazoso.

Las ideas sobre la masculinidad y la feminidad importan en la política internacional, en la seguridad nacional y en el pensamiento estratégico nuclear. El Sr. Trump, con su frágil ego y su preocupación particularmente obsesiva por su reputación de hombría, puede haber sacado a la superficie esta dinámica, pero ha estado allí todo el tiempo, aunque de formas menos crudas y espeluznantes.

Empecé a pensar en esto hace más de tres décadas, cuando estaba trabajando con estrategas nucleares civiles, planificadores de guerra, científicos de armas y controladores armamentistas. Lo que me sorprendió fue lo lejos que estaban de las realidades humanas, detrás de las armas que estaban discutiendo. Esta distancia se produjo en parte, a través de un discurso profesional – técnico- caracterizado por un lenguaje llamativamente abstracto y eufemista, y en parte, por medio de un conjunto de metáforas sexuales animadas.

Los cuerpos humanos evocados no eran los de las víctimas; en su lugar, había conversaciones sobre lanzadores erectores verticales, relaciones empuje-peso, tendidos suaves, penetración profunda y las ventajas comparativas de los ataques prolongados versus, los espasmódicos, o lo que un consejero militar del Consejo de Seguridad Nacional denominó “liberar del 70 al 80 por ciento” de nuestra “megatonnage” -el poder destructivo de un explosivo, medido en megatones- en un golpe orgásmico”.

Pero rápidamente quedó claro que los roles de género en el discurso de seguridad nacional fue más profundo, que las -no tan sutiles- metáforas. Aún más inquietante fue cómo dio forma a aquello que se podía decir, o incluso pensar, dentro de los confines de estos espacios dominados por hombres. “¿Qué eres, una especie de cobarde?”, fue un insulto que se lanzó contra cualquiera que pidiera moderación para responder a una provocación o un ataque. La discusión sobre si los líderes políticos “tenían las piedras para la guerra” sugería que el deseo de resolver un conflicto a través de medidas no militares significaría que usted era menos hombre. Durante la crisis de los misiles cubanos, cuando el subsecretario de Defensa Paul Nitze menospreció algunas de las decisiones más cautelosas del presidente John F. Kennedy al llamarlo “pantywaist” –expresión que en español se traduce en “maricón”-, dejó en claro que cualquiera que se dejara gobernar por el miedo a provocar una guerra nuclear era un marica – se utiliza el vocablo “sissy” en inglés.

La crítica abierta de la masculinidad sigue siendo solo el nivel más superficial, en el que las ideas sobre el género se desarrollan en el pensamiento estratégico. Trabajan de maneras más profundas y sutiles también. Las asociaciones culturales de la masculinidad con la falta de pasión, la distancia, la abstracción, la dureza y la toma de riesgos, y las de la feminidad con la emoción, la empatía, la vulnerabilidad corporal, el miedo y la precaución, están presentes en el discurso profesional.

Y estas asociaciones son funcionales para hacer que algunos tipos de ideas parezcan evidentemente realistas, determinadas y racionales, y otras patentemente inadmisibles, evidentemente inapropiadas. (Un físico de sexo masculino, blanco me dijo que él y sus colegas alguna vez estuvieron modelando un ataque nuclear limitado cuando repentinamente expresó consternación de que estaban hablando casualmente sobre “solo 30 millones” de muertes inmediatas. “Fue horrible, me sentí como una mujer”, dijo.)

En otras palabras, las ideas subyacentes sobre el género en el discurso estratégico nuclear van más allá de la cuestión de si un botón es más que solo un botón. Actúan como un elemento disuasivo en detrimento de un pensamiento más holístico –integral- y, por lo tanto, verdaderamente realista, para pensar sobre las armas nucleares y el holocausto que resultaría de su uso.

Los principales analistas de seguridad nacional han sido reacios a pensar seriamente, o directamente siquiera a pensar, sobre las formas en que las ideas sobre género dan forma a la seguridad nacional. Entonces, si el menosprecio del Sr. Trump sobre la hombría del Sr. Kim de alguna manera no termina llevándonos aún más cerca de la guerra con Corea del Norte, entonces tal vez en cierto sentido nos ha hecho un favor. Él ha dejado muy claro que, si bien el botón literal o el tamaño del pene del Sr. Trump o el Sr. Kim no importa para nada, su necesidad de que el mundo crea que son hombres varoniles si le importa.

Lo que ahora debemos recordar es que el Sr. Trump es, en lo que a esto respecta, no una excepción. Sí, el miedo a ser percibido como poco masculino puede estar más cerca de la superficie en el Sr. Trump. Y puede impulsar sus declaraciones y acciones a maneras menos ostentosas por la capacidad cognitiva y la capacidad de atención, o por la empatía y la capacidad de imaginar el impacto de las acciones de uno sobre los demás, o por la inteligencia o la prudencia.

Pero esto no se trata de hombres o mujeres individuales. Las ideas sobre masculinidad y feminidad ya distorsionan las formas en que pensamos la política internacional y la seguridad nacional. Y ellas importan. Ellas importaban antes del Sr. Trump, ahora importan, e importarán después del Sr. Trump, si de alguna manera él las mantiene bajo control y hay un después. La mayoría de los analistas de seguridad nacional, desde la academia hasta los medios de comunicación de masas y el área ejecutiva, han ignorado esta realidad durante demasiado tiempo, y todos nosotros corremos peligro.

*Carol Cohn es la directora del Consorcio sobre Género, Seguridad y Derechos Humanos en la Universidad de Massachusetts, en Boston.

 

Artículo original (en inglés):  https://www.nytimes.com/2018/01/05/opinion/security-masculinity-nuclear-weapons.html#story-continues-2